CRÍTICA: SCREAM 7

 


​La saga Scream tiene más vidas que un gato en un callejón oscuro, y con Scream 7 vuelve a demostrar que, cuando se trata de dar puñaladas con estilo y reírse de las modas de Hollywood, no tiene rival. Tras un culebrón tremendo detrás de las cámaras que casi nos deja sin película, la gran pregunta era: ¿estamos ante un desastre absoluto o ante un nuevo clásico del slasher? Pues ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. Agárrate los machos, porque esta séptima entrega es una montaña rusa hiperactiva, divertidísima y sangrienta, aunque —y aquí viene el jarro de agua fría— el final me ha dejado con un regusto bastante amargo.

​Vamos al grano. Desde que arranca la ya mítica escena inicial, la película te agarra del cuello y no te suelta. El ritmo es frenético, casi de infarto. Olvídate de esos dramas de terror donde no pasa nada en la primera hora; aquí la dirección va al grano, encadenando secuencias de una tensión brutal con esa mala leche tan típica de la franquicia. Visualmente es un cañón: Ghostface se mueve con una violencia salvaje, las persecuciones son asfixiantes y los escenarios cotidianos se convierten en auténticas trampas mortales. Hay planos que son pura delicia para los amantes del género, jugando con las sombras y los reflejos para que mires a cada esquina de la pantalla buscando la maldita máscara.

​El guion, cómo no, vuelve a ser un festival del meta-humor. Si en las anteriores se reían de las secuelas, las "recuelas" y el terror cultureta, aquí el dardo va directo a la yugular de nuestra obsesión actual: la cultura del true crime, los podcasts de asesinos y la toxicidad extrema de las redes sociales. Ghostface ya no solo te llama por teléfono; ahora hackea tu vida y convierte el acoso en un maldito espectáculo viral. Los diálogos vuelan, los chistes negros entran como un tiro y las referencias cinéfilas te obligan a estar con la antena puesta cada segundo. El reparto, además, defiende el tipo de maravilla. La mezcla entre las viejas glorias (que arrastran traumas y cicatrices que dan gusto) y las nuevas víctimas funciona como un reloj. Te importan, sufres por ellos y, cuando el cuchillo empieza a volar, te duele.

​Pero tenemos que hablar de la traca final. Y aquí es donde la película, para mi gusto, descarrila.

​A ver, todos sabemos a lo que venimos: el tercer acto de una peli de Scream exige un gran discurso, locura desatada y revelaciones sorpresa. El problema es que en esta ocasión han querido rizar tanto el rizo, meter tantos giros sobre giros y hacer un triple salto mortal con tirabuzón, que el clímax se vuelve totalmente inverosímil. Las motivaciones de la resolución se sienten metidas con calzador, rozando el absurdo y estirando el chicle de la credibilidad hasta que se rompe. En lugar de dejarme con la boca abierta por el impacto, me quedé rascándome la cabeza y pensando: "¿En serio me estás contando esto?". Es una pena que una película que vuela tan alto durante hora y media decida aterrizar de morros en los últimos veinte minutos por el simple empeño de querer epatar a un público que ya se las sabe todas.

​Aun así, ¿vale la pena? Totalmente. El viaje es un subidón de adrenalina brutal, un homenaje divertidísimo al legado de Wes Craven y una de las entregas más salvajes de la saga. Pero ve mentalizado: disfruta muchísimo del camino, porque el destino final te va a chirriar bastante.

​Resumen de lo mejor y lo peor

Lo Mejor:

  • Un ritmo endiablado: No da un solo respiro; la tensión es constante y las persecuciones son de lo mejorcito de la franquicia.
  • La sátira actual: El guion clava la crítica a la obsesión digital y los contenidos de true crime con mucha inteligencia y mala leche.
  • Ghostface en su salsa: El asesino se siente más implacable, físico y letal que nunca, regalándonos muertes brutales.

Lo Peor:

  • El desenlace: El tramo final es un triple salto mortal fallido. Las revelaciones y motivaciones resultan forzadas, enrevesadas y bastante decepcionantes.
  • El síndrome de la acumulación: Por querer sorprender a toda costa en el desenlace, la historia acaba tropezando con su propio exceso de giros de guion.



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