CRÍTICA SERIE LGBTQ+: HALF MAN
Una coreografía del trauma
La serie narra, a lo largo de tres décadas, la vida de Niall (Jamie Bell/Mitchell Robertson) y Ruben (Richard Gadd/Stuart Campbell), dos hermanastros sin vínculo sanguíneo que han crecido bajo la sombra de un pasado traumático.
Lo que hace a Half Man una pieza fundamental del catálogo LGTBI+ actual es que no ofrece una representación "cómoda" o idílica. Aquí, el conflicto sexual de Niall —un hombre profundamente reprimido que vive atrapado entre la vida normativa que se espera de él y su realidad oculta— actúa como un motor de destrucción constante. Gadd no busca el aplauso fácil; nos muestra la homofobia interiorizada, el deseo furtivo y esa violencia que surge cuando dos hombres son incapaces de articular el afecto sin que parezca una agresión.
La trampa de la "hombría"
La gran virtud de la serie es su capacidad para desmenuzar el concepto de "ser hombre". La relación entre Niall y Ruben es, en muchos sentidos, una "hermandad cancerígena". Se necesitan porque son los únicos que conocen las heridas del otro, pero esa misma intimidad los corroe. Es desgarrador ver cómo su relación es, en realidad, un refugio donde ambos pueden bajar la guardia, pero también una prisión donde la culpa y el resentimiento impiden cualquier atisbo de felicidad real.
El guion, firmado por el propio Richard Gadd, es quirúrgico.
Una puesta en escena sin filtros
Visualmente, Half Man es austera y cruda. No hay luz de neón ni esteticismo gratuito. La dirección de Alexandra Brodski y Eshref Reybrouck prioriza la proximidad: planos cerrados donde podemos ver el sudor, la desesperación y la duda en los ojos de Jamie Bell y Richard Gadd. La interpretación de ambos es, sencillamente, antológica. Bell logra transmitir con una mirada todo el peso de años de negación, mientras que Gadd ofrece una interpretación cruda, casi física, de la autodestrucción.
A pesar de su ritmo acelerado, que en ocasiones deja a personajes secundarios en un segundo plano —un pequeño punto flaco en una narrativa tan ambiciosa—, la miniserie se siente redonda. Es una historia sobre cómo el trauma no solo nos define, sino que a menudo nos obliga a repetir los mismos errores hasta que, finalmente, no queda nada más que cambiar.
Conclusión: ¿Por qué hay que verla?
Half Man es incómoda, sí. Es difícil de digerir y, en ocasiones, dolorosa. Pero es necesaria. Es un espejo para todas aquellas personas que han sentido que debían sacrificar una parte de su identidad para encajar en lo que la sociedad define como "normal". Es una crítica feroz al silencio y un recordatorio de que, a veces, la mayor violencia es la que nos infligimos a nosotros mismos por miedo a ser quienes somos.
| Lo mejor | Lo peor |
| Actuación magistral: Jamie Bell y Richard Gadd entregan probablemente los papeles más complejos de sus carreras. | Ritmo frenético: Algunos saltos temporales resultan algo confusos y dejan poco espacio para desarrollar a los personajes secundarios. |
| Honestidad brutal: No edulcora la realidad del trauma ni el conflicto interno LGTBI+. | Atmosfera asfixiante: Puede resultar demasiado cruda y pesada para espectadores que busquen una narrativa más esperanzadora. |
| Guion valiente: Explora la masculinidad con una profundidad que pocas series se han atrevido a alcanzar. | Final divisivo: El desenlace, aunque coherente con la temática, puede dejar una sensación de desolación total que no convencerá a todos. |





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