CRÍTICA SERIE: EUPHORIA (SIN SPOILERS)
Cuando Euphoria se estrenó en HBO, muchos pensaron que estábamos ante otra serie de adolescentes insoportables con problemas del primer mundo, solo que con un presupuesto millonario en maquillaje de purpurina, luces de neón y una banda sonora de infarto. Sam Levinson nos plantó un retrato de la Generación Z tan crudo, explícito e hiperestilizado que nos voló la cabeza a todos, pero siempre quedaba la duda de si aquello era solo fachada o si había sustancia detrás. Por suerte, el tiempo ha puesto a cada uno en su lugar y esta producción ha demostrado ser una de las mejores cosas que le han pasado a la televisión reciente. ¿Lo mejor de todo? Que es de esas raras series que no van cuesta abajo; al contrario, mejora una barbaridad con cada temporada, hasta llegar a una última entrega que es, de lejos, la más redonda de todas.
Si echamos la vista atrás, la primera temporada fue un subidón tremendo. Era como entrar a un videoclip larguísimo, oscuro y un poco caótico donde nos presentaban a Rue (Zendaya) y a toda su panda de amigos con traumas para exportar. Estaba genial, sí, pero a veces abusaba del postureo estético y de buscar el shock gratuito para que la gente hablara en redes sociales. El verdadero milagro de Euphoria es cómo los guionistas supieron leer la jugada y, en lugar de estancarse en la misma fórmula, decidieron madurar a la par que sus personajes. La serie fue soltando lastre de forma inteligentísima, dejando a un lado las florituras visuales para meter el dedo en la llaga de la psicología de los chavales.
Y así llegamos a esta última temporada, que es una absoluta obra maestra y el pico más alto de la serie. Aquí ya no hay filtros de Instagram que valgan: es una bofetón de realidad en toda la cara. Levinson frena las revoluciones visuales y apuesta por un tono muchísimo más asfixiante, maduro y puramente dramático. Los conflictos que se venían cociendo a fuego lento explotan de la forma más humana y dolorosa posible. El ritmo de los episodios te mantiene con el corazón en un puño, las escenas se alargan de forma incómoda y la tensión se palpa en el ambiente. Ya no estás viendo a adolescentes perdidos en un torbellino de excesos; estás viendo a almas completamente rotas intentando salir a flote entre el duelo, la culpa y la redención.
A nivel interpretativo, lo de esta última etapa es para ponerse en pie y aplaudir hasta que duelan las manos. Todo el elenco está de dulce, pero lo de Zendaya directamente no tiene nombre: juega en una liga completamente diferente a la del resto de los mortales. Su capacidad para transmitir el dolor físico y emocional de la adicción te deja clavado al sofá sin poder respirar. Al final, la serie se despide de la única forma en la que podía hacerlo una historia tan intensa: por todo lo alto, dándonos un cierre superhonesto y demostrando que la madurez le sienta de maravilla al drama. Una auténtica joya televisiva.
Lo Mejor:
- Un crecimiento brutal: La serie aprende de sus errores y evoluciona en cada temporada, pasando del postureo visual a un drama psicológico con mucha más sustancia.
- La última temporada es cine: El cierre de la serie es una salvajada a nivel emocional, con un ritmo implacable y unas actuaciones históricas (Zendaya está inmensa).
- Madurez narrativa: Se agradece que dejen atrás el efectismo gratuito para dar paso a conflictos mucho más humanos, reales y desgarradores.
Lo Peor:
- Un viaje emocionalmente agotador: El nivel de crudeza, drama y sufrimiento en la recta final es tan bestia que puede dejarte el cuerpo cortado. No es una serie para ver si estás de bajón.




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